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ascendientes en
semicírculos dispuestos para los estudiantes y otros espectadores.
Los novatos eran objeto de cierto interés malicioso y expectante,
pues durante las primeras operaciones de su época de estudios,
era muy frecuente que algunos de ellos cayera desmayado o abandonara
la sala pálido y temblando de miedo, horror y malestar.
En una época
en que toda operación quirúrgica traía consigo
dolores incomparables y en que la muerte se encontraba siempre al acecho
tras el cirujano, el enfermo únicamente iba a la "silla roja"
cuando no había en absoluto otra solución, cuando tenía
una desesperada voluntad de vivir o cuando una enfermedad era en sí
misma tan dolorosa que ningún sufrimiento propio de la operación
podía ser peor que el de la dolencia. Para una época en
la que los anales del Massachusetts General Hospital sólo consignaba
cuarenta y tres operaciones en un lapso comprendido entre 1821 y 1823,
cuatro intervenciones en una sola mañana era sin duda algo extraordinario.
El programa anunciado era éste : reducción de una luxación
antigua en la parte alta del muslo de un hombre de cuarenta y tres años,
excisión de un pecho afectado por un tumor en una mujer de cincuenta
años, amputación de una pierna a un marino de cincuenta
y cinco años y amputación de la lengua a un joven de edad
indeterminada.
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El
cirujano era John Collins Warren, de sesenta y cinco años
de edad, y entró a la sala de operaciones seguido del
profesor en cirugía clínica George Hayward y algunos
otros cirujanos y asistentes de la casa. Aunque él no
operaba con el cronómetro al lado -como lo hacían
otros cirujanos orgullosos de la rapidez de sus incisiones-,
era un maestro en la precisa división del tiempo y enemigo
de perder un solo segundo. Warren, hijo del doctor John Warren,
principal iniciador del Massachusetts General Hospital, había
estudiado Medicina en Europa hacia fines del siglo XVIII, en
el Guys Hospital de Londres, cuyas salas, entonces famosas,
no pasan de ser, a la mirada de nuestros días, cuevas
oscuras e infectas. Su retrato preferido era el que le representaba
con una calavera en la mano.
A las
diez, los enfermeros trajeron al primer paciente al lugar de
la operación -llamado "arena operatoria"- situado al
pie de las hileras de asientos en gradería semicircular.
Warren se quitó la elegante chaqueta y se hizo entregar
por un "dresser" (los "dresser" tenían el derecho de
realizar operaciones quirúrgicas menores) otra viejísima,
llena de manchas y acartonada por la sangre reseca de incontables
operaciones precedentes. El paciente -un hombre ajado, con los
rasgos contraídos por el espanto- fue acostado sobre
una mesa de madera. Este, luxado en la cadera a causa de haber
permanecido mucho tiempo sin tratar, se había fijado
en su posición anormal. Con el fin de volverle a su estado
de movilidad, los enfermeros ataron una sólida cuerda
alrededor del tronco del paciente. El
extremo de esta cuerda estaba sujeto a una de las dos pesadas
columnas hincadas en el suelo. De la misma forma se ataron fuertes
bandas de cuero alrededor de la parte alta del muslo ; estas
bandas se unieron a una cuerda que iba hasta la columna de enfrente.
En
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John Collins
Warren (1845)
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esta cuerda había
un juego de poleas destinado a tenderla. Cuando los enfermeros estiraron
la cuerda, sólo se oyó, al principio el crujir de las
poleas. Pero después se dejó oír el primer grito
del enfermo. Resonó fuertemente por todo el quirófano,
mientras los enfermeros continuaban halando la cuerda. El enfermo movía
la cabeza de un lado a otro y tenía la cara bañada en
sudor. Cuánto más tirante se ponía la cuerda más
parecía elevarse su cuerpo por encima de la mesa. Transcurridos
diez minutos indescriptiblemente largos, Warren hizo una señal
con la mano. Se dejó de tirar las cuerdas y el paciente descansó
gritando de dolor sobre la mesa. Warren examinó impávido
y mudo la cadera y el muslo. Este no se había movido de su sitio.
Warren ordenó que aflojaran todavía más la cuerda
y que colocaran al paciente un poco de lado. Después hizo una
señal a uno de los "dresser" ; este trajo un largo cigarro puro
y lo introdujo hasta la mitad en el ano del enfermo. Las grandes dosis
de coñac y de opio que en aquella época se solían
administrar antes de las operaciones quirúrgicas, se habían
mostrado muy ineficaces para amortiguar los sufrimientos de las intervenciones,
y además provocaban la contracción espasmódica
de tipo defensivo-inconsciente contra el dolor, lo que dificultaba en
gran manera la intervención. El hecho comprobado de que las intoxicaciones
de nicotina a consecuencia del uso inmoderado del tabaco, eran capaces
de producir relajamiento de grandes zonas del sistema muscular, había
inducido, en casos de operaciones difíciles en determinadas regiones
musculares, a inyectar en el intestino, antes de efectuarlas, un cocimiento
de tabaco que era absorbido inmediatamente, conduciendo casi siempre
a un relajamiento muscular. Algunas ocasiones hubo intoxicaciones mortales
por nicotina. Por esto se había sustituido el procedimiento de
la inyección por el de la simple introducción de un cigarro
de tabaco fuerte en el recto. Warren dio al enfermo diez minutos de
pausa con el fin de que se absorbiera la nicotina. Sólo la mirada
fría de Warren y la aguda voz con que explicaba en dicha pausa
los tres casos quirúrgicos que se esperaban todavía, impidieron
que entre los estudiantes mayores, veteranos ya, se produjera un estallido
de carcajadas a la vista del trágico-grotesco espectáculo
del paciente con el cigarro en el ano. Al minuto exacto, los enfermeros
volvieron a hacer funcionar el sistema de poleas. El rostro del enfermo
al principio se veía sereno y tranquilo, pero transcurrido medio
minuto se desencajó de nuevo y comenzaron los gritos. Pasaron
veinte minutos, interrumpidos sólo por una breve pausa. Durante
ella Warren volvió a examinar los muslos y la cadera del paciente
y descubrió que todos los esfuerzos habían sido inútiles.
Después ordenó un nuevo intento. Nuevo fracaso. Mientras
se soltaban las cuerdas y el enfermo semiconsciente era sacado afuera
con manchas de sangre en el pecho y en los muslos, Warren dijo que el
paciente había decidido tratarse muy tarde. ¿Por qué
fracasó la aplicación del cigarro en el ano?. El hecho
era que el "dresser", que en un caso anterior al de entonces había
tenido dificultades para introducirlo en el recto, tuvo la ocurrencia
de untarlo con aceite, en vez de sumergirlo brevemente en agua caliente.
El aceite había facilitado la introducción del cigarro,
pero hecho imposible la absorción de la nicotina.
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Acostaron
en la mesa a la cincuentona con un tumor en el pecho. Como solía
ocurrir, ésta había esperado hasta el último
momento para acudir a la intervención quirúrgica.
Al entrar se escucharon sus quejas de dolor, estaba demacrada,
enflaquecida, terrosa y con una mirada de terror mortal. Dos
enfermeros se situaron detrás de la cabecera de la mesa
y pusieron las manos sobre los flacos hombros de la mujer. Previamente
se habían administrado cien gotas de opio a la paciente.
Warren se arremangó las mangas y sacó de su bolsillo
un escalpelo. Los instrumentos estaban, por lo mucho, algo limpios.
Los hilos y vendajes provenían de una rinconera donde
se amontonaban en el suelo. Warren pasó el pulgar por
el filo del escalpelo.
Después mediante rápidas incisiones cortó
la piel del pecho enfermo e introdujo profundamente el cortante
instrumento en el hueco de la axila. Cuando la enferma -pese
al opio administrado- lanzó el primer grito y empezó
a
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a sacudirse con mucha
violencia, Warren estaba cortando ya las zonas de la piel afectadas
por el tumor y, sin hacer el menor caso de los desgarradores gritos
de la mujer, echaba la piel a un lado y extirpaba la glándula
enferma como también una porción de los ganglios axilares.
Manos y mangas de Warren chorreaban de sangre. Las arterias sangrantes
se pinzaban y ligaban con cordones. Las esponjas -para restañar
la sangre- eran rápidamente enjuagadas en agua fría y
ensangrentada. Algunas de las que caían al suelo eran recogidas,
enjuagadas ligeramente y aplicadas de nuevo. Finalmente, Warren dio
unos puntos de sutura para unir el tejido conjuntivo y aplicó
esparadrapo a la herida. Warren terminó de vendar la herida.
Se reanimó a la paciente, que yacía inconsciente, con
coñac vertido en su boca.
Trajeron
a la "arena" el tercer paciente. Warren y Hayward se frotaron rápidamente
las manos con un paño. Un "dresser" trajo agua nueva, enjuagó
las esponjas ensangrentadas, limpió los instrumentos con un trapo
sucio y manchado y colocó sobre la mesa un torniquete y una sierra
para hueso. El marinero cuyo muslo tenía que ser amputado a causa
de una gangrena originada por una fractura de tibia, era un tipo corpulento.
Antes de acostarse para ser operado, pidió un poco de tabaco
para mascar. Después dijo a los enfermeros que le dejaran en
paz y que no era necesario que nadie lo sujetara. Warren le dirigió
una mirada sarcástica. Hayward puso el torniquete un poco más
arriba de la zona de amputación. Warren mediante un rápido
corte circular llevó su cuchillo hasta el fémur y con
gran fuerza, a pesar de ser muy delgado, separó piel, músculos
y vasos. El marino escupió el tabaco, dio un gemido y sus rojas
manos se crisparon agarradas a la cabecera de la mesa de operaciones.
Warren cortó con la sierra el hueso que ya estaba al descubierto.
Mientras Hayward sacaba del muñón los vasos cortados,
Warren los iba ligando. Lo único que profirió el marino
fue un sordo lamento.
Por
miedo a la hemorragia, los practicantes y enfermeros sólo se
atrevían al principio a amputar miembros en zonas gangrenadas,
dado que en ellas no había circulación sanguínea.
Más tarde, los muñones sangrantes se introducían
en aceite hirviendo o los cauterizaban con hierro candente. Ambroise
Paré, practicante que vivió en el siglo XVI, cirujano
rural y después médico personal del rey en París,
condenó por primera vez la bestialidad de las quemaduras y defendió
la ligadura de los vasos.
Warren,
con la chaqueta manchada y las manos ensangrentadas, estaba viendo llegar
al último paciente, un joven de aspecto completamente sano, pero
que penetró en la "arena" con mirada inquieta y agitada. Cuando
el joven, tras cierta vacilación, se hubo sentado en la "silla
roja", apareció tras él un enfermero con un brasero portátil
donde ardía carbón y en el cual se encontraban ya candentes
varios instrumentos de cauterio. El enfermero dejó el brasero
de forma que el infortunado joven no pudiera verlo. Warren tenía
en una mano unas pinzas y en la otra un escalpelo. Uno de los cirujanos
del establecimiento, un hombre alto y fuerte, se puso inmediatamente
detrás de la silla, dispuesto a sujetar la cabeza del paciente.
Warren invitó al joven a que abriera la boca. El paciente obedeció
titubeante. Cuando la lengua salió de la oscuridad de la boca
se vio. Incluso desde cierta distancia, la gran proliferación
que deformaba la punta. La mano izquierda de Warren, armada de las pinzas
abiertas, atrapó la lengua con rápido movimiento. El joven
intentó retirarla emitiendo, al hacerlo, un grito ahogado. Pero
las pinzas de Warren ya no la soltaron. Este estiró la lengua
haciéndola salir más de la cavidad oral, mientras el otro
cirujano le sujetaba con fuerza la cabeza. Unas fracciones de segundo
más tarde el escalpelo de la mano derecha de Warren cortaba la
lengua con un solo y rápido movimiento. La parte anterior de
ésta, amputada juntamente con la proliferación, cayó
al suelo. Del muñón de la lengua manaba sangre. Warren
arrojó el escalpelo sobre la mesilla del instrumental y extendió
la mano hacia un lado de la silla de operaciones para coger el mango
de un hierro candente que le tendía un enfermero, sin que el
operado, todavía atontado, pudiera darse cuenta de ello. Warren
mantuvo el hierro candente a su espalda y con un movimiento rápido
puso las manos sobre los ojos del enfermo, y Warren apretó inmediatamente
el hierro candente contra la herida sangrante de la lengua. Sorprendido
por el terrible dolor, el paciente intentó echar la cabeza para
atrás. Con un esfuerzo gigantesco hizo retroceder la silla y
retrocedió él mismo varios metros. Sin embargo, Warren
continuaba poniendo una y otra vez el cauterio sobre el muñón
de la lengua. Warren soltó las pinzas y la cabeza del operado.
Este apretó las suyas contra la boca y se levantó de un
salto. Emitía sonidos indescriptibles e iba de un lado a otro
vacilando como un ciego. Los dos enfermeros se llevaron afuera el enfermo
que seguía tambaleándose de dolor.
Un
hombre como Warren no les parecía a sus contemporáneos
ni un verdugo ni un torturador, sino un hombre bastante fuerte y duro
para hacer cara a los más terribles sufrimientos humanos, oír
los gritos de los atormentados y, a pesar de ello, hacer aquello que
en aquella época era, en incontables casos, la única acción
salvadora. Estos cuatro casos anteriores son símbolos perdurables
de las circunstancias y los métodos de la cirugía en la
última fase de su edad antigua, poco antes del descubrimiento
de la anestesia que había de transformarla totalmente.
- Referencia:
1. "El Siglo de los Cirujanos" del Dr. Jürgen Thorwald. Editorial
Barcelona.
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